Dice UNICEF que la crisis le ha pegado a los niños, porque ya es tan grave la situación económica en una familia promedio, que empieza a pegar en el tipo de alimentos que damos a los hijos, en el vestido.
Pero creo que eso no es lo peor. Lo peor es el desánimo.
El periódico El Universal publicó la semana pasada una encuesta que daba cuenta del desánimo promedio de los mexicanos. Especulemos, y supongamos que tres cuartas partes de los encuestados tienen hijos, que, como todos los hijos de la edad moderna participan en las pláticas de adultos, comienzan a ver que las salidas al cine disminuyen, el papá está de malas, los padres se enojan porque uno no consigue trabajo, la comida se compra el mismo día en la mañana, o peor, tendrán que cambiarlos de escuela, dejar a sus amigos…
Los niños están viviendo en carne propia la “mala vibra” de la crisis, y afectará no sólo a su alimentación, sino a su desempeño y, lamentablemente, a su forma de ver la vida.
Un niño repetirá y aprenderá lo que papá y mamá dicen y si éstos, como es lógico, se la pasarán mentando la mamá de cuanto político y gobernante existe, peleándose con acreedores, gritando cuando llega el estado de cuenta, los niños harán lo mismo.
Esas molestísimas grabaciones telefónicas de “ya pague porque si no se le aparece el diablo” las reciben a veces los peques que corren a contestar.
Ahora viene la peor etapa para la crisis y la más bonita para los peques: Navidad. Santa Clos ya cuenta pesos y centavos, y los chavitos lo verán, lo vivirán.
No es que crea que debe dejárseles al margen y hacerles ver la vida maravillosa, porque no lo es. Si estamos en una época donde los niños maduran más rápido en parte porque los incluimos más y tomamos en cuenta su opinión con más seriedad, tienen que afrontar la crisis con nosotros.
Mi propuesta sería ser muy claros con ellos y hacerlos partícipes. Enseñarles a comprar (precio y calidad), enseñarles a ahorrar, mostrarles que ellos también ayudan a la casa con el simple hecho de apagar la luz o comprar dulces más baratos…
Si el mensaje es claro, el niño entiende más y se asusta menos. Y se vuelve, de inmediato, un actor fundamental que, como los niños hacen siempre, iluminará el día con sus buenas ideas.