Imagínese usted tumbado frente al mar, con olas que no llegan más allá de las rodillas, poca gente en la playa, son las 9 de la noche, el cielo está claro y groseramente atascado de estrellas. Atrás el hotel, tranquilo….
Ahí estuve.
Hace una semana me escapé a Huatulco.
No iba desde que murió el Papa Juan Pablo II, me acuerdo bien porque estaba en el bar con una piña colada en la mano cuando interrumpieron el programa del televisor escondido en un rincón para pasar la noticia.
En ese entonces hasta el ánimo del personal del hotel era otro, Huatulco parecía pueblo fantasma, la plaza comercial frente al hotel tenía locales vacíos o en renta y una lonchería. No había dónde comer pescado mas que en la playa La Entrega, y eso era todo.
Fue triste. Las bahías son hermosas, tranquilas, paradisíacas.
Hoy fue distinto, la gente alegre y servicial (toda!), recorridos turísticos por ríos, al pueblo, grastronómicos y los de siempre, por las bahías y a bucear.
Se ve gente en todos lados, promociones, más opciones de paseo. En el río cercano y pasando La Escondida obras de lo que serán mejores caminos de acceso y la gente habla ya de la tan tardada carretera que los conectará rápido con Oaxaca, la capital.
Sé que Calderón le apostó al rescate de Huatulco pero el horno no está para bollos y seguro no habrá una gran inversión, pero el mensaje cuajó.
Disfruté muchísimo cómo se burlaban de los capitalinos llegando al paraíso con tapabocas en mayo pasado, cómo, en el recorrido por el río el guía se bajó a rescatar un águila atorada en unas ramas, el buzo que nos puso en las manos un pez globo (aghh) para retratarnos bajo el agua y a mis compañeros de paseo, todos buenos chilangos como yo, que cada pedazo de mar lo ven como un paso a la redención.
Pero más saber que ese lugar tan tranquilo y que tanto disfruto sigue ahí con mejor ánimo y viendo pa’delante como deberíamos hacerlo todo.
Ahora entiende por qué me dicen que el mar cura todos los males, hasta el desánimo de la crisis!!!