Unos amigos decidieron casarse. Es una pareja gay que vive en el edificio donde también habita mi madre.
Luego de la aprobación de la ley que permite matrimonios entre parejas del mismo sexo en la capital del país, el pasado diciembre, lo consideraron como uno de sus objetivos para este 2010.
Somos la primer ciudad latinoamericana donde se ha aprobado esta ley pero no la primera en proponerlo. Ya ha habido intentos fallidos. Es ahí donde radica la importancia de su aplicación, porque será mucho más fácil ganar esta lucha si existen antecedentes positivos.
Claro que ni la Iglesia ni la derecha estarán de acuerdo nunca, porque así lo decidieron “por default”.
Personalmente, estoy en favor de cualquier ley que nos garantice convivir en un ambiente de igualdad. Pero son puntos de vista, respetables todos.
Sin embargo ayer me enteré de una noticia que me parece refleja la forma de sentir de la sociedad.
Mis amigos fueron, con reticencia y me imagino que también con cierto temor, a Liverpool. Buscaban información sobre cómo inscribirse a la mesa de regalos y si ellos podrían hacerlo.
El trato fue espectacular, la señorita que los atendió fue muy muy amable, les brindó todas las facilidades y les abrió todas las puertas.
“Si”, me repelarán muchos, “claro que lo hacen, si es un negocio y quieren vender”. Pero eso no es totalmente cierto. Cuando los negros eran cero a la izquierda no se les permitía entrar a tienda de blancos. Cuando las mujeres buscaban emanciparse no se les permitía ejercer oficios de hombres. Liverpool bien pudo haber dicho “no, no se puede”.
Bien por no haberlo hecho. Bien por la actitud hacia el cambio. Bien por Liverpool